Adriana Hidalgo Editora, 190 páginas / 1ª edición (muy buen estado)
A cuarenta años de su aparición, El silenciero se muestra como una de esas (pocas) obras cuya novedad es de destilación lenta. Proust, Kafka fueron casi invisibles en sus épocas y espacios, ocupados por tantos nombres ya olvidados. Es, a su medida -que es la del medio en nuestra lengua-, el caso de Di Benedetto. Juan José Saer sostiene que "en la literatura argentina (...) es uno de los pocos escritores que ha sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en la economía". Acaso hacía falta la consagración del propio Saer, cuya prosa es un campo de fuerzas similares a las que se tensan en Di Benedetto, para que las novelas y los cuentos de éste se leyeran bajo una luz atenta.
La novela trata precisamente del silencio como objeto de locura. La obsesión del protagonista por eliminar el ruido que lo persigue hasta su dormitorio lo arrastra, junto con su madre y su esposa, a la búsqueda sin fin de un lugar en la ciudad invulnerable al sonido. Todo es tenue al principio, mullido de cotidianidad; pero se va haciendo progresivamente sofocante en la voz del narrador, oficinista paranoico, frustrado estudiante de derecho con sueños de escritor, que asocia el silencio con la posibilidad de componer un libro soñado: "Lo tengo casi todo en la cabeza. Nada más me falta elegir la punta (...) Después no escribo. Me dejo estar y me disperso". El libro no escrito, el desorden urbano sentido como afrenta personal, las miradas de las dos mujeres (su madre, su esposa) lo llevan a un acto de agresiva demencia, que la novela absorbe en la máxima tensión de su trabajo estilístico, con un final de ecos bíblicos y kafkianos.