22.8.11

Daniel Chirom / Candelabros


Candelabros
Grupo Editorial Agora, 146 páginas / 1º edición (excelente estado)

Develar el enigma del origen es uno de los cometidos de la poesía, para lo cual, en lugar de respuestas, ella sólo puede recurrir a las instancias, es decir, a repetir una y otra vez la súplica. Y esa repetición de una súplica no enunciada, la cual subyace en el vuelco de la metáfora, ilumina el silencio con una luz reveladora. Es la iluminación del misterio, no su reflejo, aquello que confiere a la pregunta un valor poético, desde donde los fragmentos se recomponen y se constituyen, como en un teatro de sombras chinescas, en formas plenas de sentido. Hay palabra poética cuando un objeto pierde su condición de algo real para volverse algo esencial. La poesía no nombra la realidad sino su esencia, ese espíritu que la habita y la convierte, por un lado, en una cosa singular y por otro en una experiencia común, que nos abarca y nos congrega. En ese aspecto, puede hablarse del sentido religioso de un poema.
En Candelabros, la añoranza se vuelve un acto de amor. Así, el pastel de manzana de la abuela, desterrada en una tierra ajena, extraña, deviene “el manjar del exilio, el único refugio.” El poeta rescata el símbolo a partir de una palabra hecha de sensibilidad y comprensión. Irrumpe con fuerza la violencia del desarraigo y la noción del origen por el cual se lo padece. Max Brod, al interpretar El Castillo de Kafka, habla “del sentimiento especial del judío que quiere arraigarse en un medio extraño, que anhela con todas las fuerzas de su alma acercarse al prójimo y ser totalmente idéntico a él, pero no logra tal identificación.” Y así como en El Castillo la palabra “judío” no aparece, aun cuando Kafka ha dicho mucho más en él acerca de la situación conjunta del judaísmo de todo cuanto pueda leerse en cien tratados eruditos, análogamente, en Candelabros la palabra judío no se nombra, pero también se extrae el alma del judaísmo, fundante del libro.

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