Grupo Editorial Agora, 146 páginas / 1º edición (excelente estado)
Develar el enigma del origen es uno de los cometidos de la poesía, para lo cual, en lugar de respuestas, ella sólo puede recurrir a las instancias, es decir, a repetir una y otra vez la súplica. Y esa repetición de una súplica no enunciada, la cual subyace en el vuelco de la metáfora, ilumina el silencio con una luz reveladora. Es la iluminación del misterio, no su reflejo, aquello que confiere a la pregunta un valor poético, desde donde los fragmentos se recomponen y se constituyen, como en un teatro de sombras chinescas, en formas plenas de sentido. Hay palabra poética cuando un objeto pierde su condición de algo real para volverse algo esencial. La poesía no nombra la realidad sino su esencia, ese espíritu que la habita y la convierte, por un lado, en una cosa singular y por otro en una experiencia común, que nos abarca y nos congrega. En ese aspecto, puede hablarse del sentido religioso de un poema.